sábado, enero 21, 2012

Despertar del Trance de la Personalidad



annie leibovitz 11





La percepción consciente no sólo nos puede cambiar la vida, también puede salvárnosla.
Hace varios años una fuerte tormenta provocó la caída de un importante puente de autopista, durante la noche. Varias partes del puente cayeron en el río; esto, sumado a la oscuridad, la lluvia torrencial y la confusión de la tormenta hacía peligrosísima la situación para los desprevenidos automovilistas.
Un conductor alerta vio lo ocurrido y consiguió frenar a unos metros del borde, junto antes de caer a una muerte segura en el río, doce metros abajo. Se arriesgó a correr hacia el tráfico que venía y alertó a los demás conductores del peligro. Casi de inmediato apareció un coche en el que venían cinco jóvenes. Al ver las frenéticas señales del hombre para detenerlos, al parecer creyeron que sólo deseaba pedir ayuda para su coche detenido; riendo, le hicieron un gesto grosero y el conductor apretó a fondo el acelerador. A los pocos segundos cayeron por el borde del puente y murieron todos en el río.
Desde nuestra perspectiva, podría decirse que su personalidad los mató. El desprecio, la hostilidad, la bravuconería, la renuencia a escuchar, la falta de compasión, la vanidad, cualquiera de muchos impulsos relacionados pudo ser la causa de la decisión del conductor de no detenerse. Algún hábito, algún rasgo de su personalidad dominó la situación en el momento crítico, con trágicos resultados.
Es un importante progreso comprender perfectamente hasta qué punto confiamos nuestra vida a mecanismos de nuestra personalidad y en qué peligros estamos cuando lo hacemos. Muchas veces es como si un niño de tres años tomara muchas de nuestras decisiones importantes de la vida. Cuando entendemos la naturaleza de los mecanismos de nuestra personalidad podemos empezar a decidir si nos identificamos con ellos o no. Si no los conocemos, ciertamente no hay ninguna opción posible. Pero cuando vemos nuestro tipo de personalidad. Cinco, Dos u Ocho, aparece la oportunidad de «no actuar» según nuestro tipo.
Gurdjieff y otros profesores espirituales han afirmado que nuestro estado normal de conciencia es una especie de «sueño». Esto podría parecer raro, pero en lo relativo al grado de percepción que somos capaces de alcanzar, nuestro estado normal de conciencia dista tanto de una experiencia directa de la realidad como dista el estado de sueño de la conciencia de vigilia. De todos modos, sabemos que cuando estamos durmiendo nuestros sueños nos parecen muy reales; cuando despertamos y comprendemos que estábamos soñando cambia nuestra conexión con la realidad, toma otro enfoque nuestra sensación de quiénes y qué somos.
Despertar del trance de la personalidad se produce de modo bastante parecido. Tenemos una especie de reacción retardada y nos preguntamos: «¿Qué fue eso? ¿Dónde estaba yo hace un momento?». Podría sorprendernos lo perdidos que estábamos, aunque en esos estados anteriores no nos sintiéramos perdidos. Si alguien nos hubiera preguntado si estábamos totalmente presentes y despiertos habríamos contestado que sí, pero desde este nuevo punto de vista vemos que no lo estábamos. Tal vez comprendemos que partes enteras de nuestra vida las hemos pasado «dormidos».
¿QUÉ ES CONCIENCIA O PERCEPCIÓN CONSCIENTE?
Usamos muchísimo la expresión percepción consciente, y es un término importante en muchos métodos de crecimiento psíquico y espiritual. Sin embargo, es difícil encontrar una definición acertada; podría ser más fácil definirla por lo que no es que por lo que es. Por ejemplo, podemos decir que no es pensar, no es sentir, no es moverse, no es intuición y no es instinto, aunque sí puede contener cualquiera o todas estas cosas.
Ni siquiera el pensamiento más activo y centrado equivale a tener conciencia o percibir conscientemente. Por ejemplo, podríamos estar pensando intensamente acerca de qué escribir en este capítulo y al mismo tiempo ser conscientes de nuestro proceso de pensamiento. En otra ocasión podríamos observar que estamos pensando en una inminente reunión de negocios, o ensayando en la cabeza una posible conversación con alguien, mientras damos un paseo. Por lo general, nuestra conciencia está tan sumida en nuestra conversación interior que no nos experimentamos como separados de ella.
 Pero con más percepción consciente somos capaces de apañarnos de nuestra conversación imaginaria y observarla. Del mismo modo podemos percibir más conscientemente nuestros sentimientos. Podemos sorprendernos atrapados en la irritación, el aburrimiento o la soledad. Cuando somos menos conscientes nos identificamos con un sentimiento; por ejemplo, no percibimos la naturaleza temporal de la frustración o la depresión: creemos que así es como somos. Una vez pasada la tormenta comprendemos que el sentimiento era temporal, aunque cuando estábamos inmersos en él era toda nuestra realidad. Pero cuando percibimos conscientemente nuestros sentimientos observamos con claridad su surgimiento, su efecto en nosotros y su desaparición. También podemos tener más conciencia de lo que hacemos, de las sensaciones del cuerpo en actividad o descanso. Para bien o para mal, nuestros cuerpos han aprendido a hacer muchas cosas con piloto automático. Por ejemplo, somos capaces de conducir un coche y conversar al mismo tiempo. Podríamos estar pensando en lo que vamos a decir, preocupados al mismo tiempo por llegar a nuestro destino, mientras el cuerpo hace todas las cosas complicadas necesarias para conducir el coche.
Todo ello puede ocurrir automáticamente y sin exigir mucha conciencia, o con sólo una parte de conciencia o con toda ella.  Cada momento nos presenta la posibilidad de expandir nuestra percepción, con muchos beneficios para nosotros:
* Cuando nos relajamos y permitimos que se expanda nuestra percepción consciente, no quedamos tan atrapados en aquello que atrae nuestra atención. Si hemos estado asustados, angustiados o extraviados en sueños despiertos y fantasías, adquirimos objetividad y perspectiva sobre lo que estamos haciendo. En consecuencia, sufrimos menos.
* La expansión de la conciencia nos capacita para estar más presentes en los problemas o dificultades y por lo tanto para tener más recursos para enfrentarlos. Vemos soluciones nuevas y evitamos reaccionar por hábito según los mecanismos de nuestra personalidad.
* La expansión de la conciencia nos abre a una verdadera relación con los demás y con el mundo que nos rodea. El placer y la maravilla de cada momento nos sustenta y enriquece. Incluso lo que normalmente consideraríamos experiencias desagradables tienen una cualidad muy diferente cuando las experimentamos con percepción consciente.
También usamos con frecuencia el verbo ver, por ejemplo en la expresión «es importante que veamos los mecanismos de nuestra personalidad». Sin embargo, igual que ocurre con la expresión percepción consciente o conciencia, hemos de aclarar lo que queremos decir con esta palabra. Más concretamente, es esencial comprender qué parte de nosotros «ve». Todos tenemos bastante práctica en hacer comentarios sobre nosotros mismos o evaluar nuestras experiencias. En esos casos, una parte de nuestra personalidad critica o hace un comentario de otra parte, como diciendo: «No me gusta esa parte de mí» o «Ha sido fabuloso el comentario que acabo de hacer», etcétera. Este comentario interior suele llevar solamente a una estructura del ego inflada, vacía y pobre, y finalmente a un conflicto interior. Ese no es el tipo de «ver» que nos conviene cultivar.
«Ver» no es una comprensión puramente intelectual tampoco. Ciertamente el intelecto tiene su papel y no queremos decir que no necesitamos la mente en el proceso de transformación.
Pero la parte de nosotros que ve es algo más omnipresente, aunque esquivo. A veces se le llama observador interior o testigo. Es nuestra percepción consciente total, viva, aquí y ahora, capaz de comprender la experiencia en muchos niveles o planos diferentes.
APRENDER A «OBSERVAR Y DEJAR PASAR»
Nuestra máxima es engañosamente sencilla; significa que hemos de aprender a observarnos, a ver lo que surge en nosotros momento a momento, así como ver qué nos invita a alejarnos del aquí y el ahora. Sea agradable o desagradable lo que encontremos, nos limitamos a observarlo. No tratamos de cambiarlo ni nos criticamos por lo que hemos descubierto. En la medida en que estamos presentes en lo que descubrimos, sea lo que sea, las constricciones de nuestra personalidad comienzan a aflojarse y nuestra esencia comienza a manifestarse más plenamente.
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A diferencia de lo que pueda creer nuestro ego, no es nuestro papel repararnos o transformarnos. En realidad, uno de los principales obstáculos para la transformación es la idea de que somos capaces de «arreglarnos». Esta idea, lógicamente, plantea algunas preguntas interesantes. ¿Qué parte creemos que necesita reparación y qué parte se atribuye la autoridad y capacidad para arreglar a la otra parte? ¿Qué partes son el juez, el jurado y el acusado en el banquillo? ¿Cuáles son los instrumentos de castigo o rehabilitación y qué partes los van a manejar sobre qué otras partes?
Desde la primera infancia estamos programados para creer que necesitamos ser mejores, esforzarnos más y desechar partes de nosotros desaprobadas por otras partes. Toda nuestra cultura y educación nos recuerdan constantemente cómo podríamos tener más éxito, más seguridad, ser más deseables o espirituales si hiciéramos este o aquel cambio. En resumen, hemos aprendido que necesitamos ser diferentes de lo que somos conforme a alguna fórmula que ha recibido la mente. La idea de que simplemente necesitamos descubrir y aceptar a quienes somos en realidad es contraria a casi todo lo que se nos ha enseñado.
Ciertamente, si hacemos cosas que nos perjudican, como abusar de las drogas o el alcohol, o entregarnos a relaciones destructivas o actividades delictivas, es necesario poner fin a ese comportamiento primero para poder hacer el trabajo de transformación. Pero lo que normalmente nos capacita para cambiar no es sermonearnos ni castigarnos, sino cultivar una presencia mental serena y sosegada para ver lo que nos impulsa a hacernos daño. Cuando llevamos percepción consciente a nuestros malos hábitos y a esas partes nuestras de las que nos gustaría librarnos, entra en juego algo totalmente nuevo.
Cuando aprendemos a estar presentes en nuestra vida y receptivos al momento comienzan a ocurrir milagros. Uno de los mayores milagros es que somos capaces de dejar en un minuto un hábito que nos ha fastidiado durante muchos años. Cuando estamos totalmente presentes el viejo hábito se marcha y ya no somos los mismos. Experimentar la curación de nuestras más viejas heridas por acción de la percepción consciente es el milagro con el que todos podemos contar. Si seguimos este mapa del alma hasta las profundidades de nuestros corazones, el odio se convertirá en compasión, el rechazo en aceptación y el miedo en admiración. Recuerda siempre que es tu derecho y es tu estado natural ser sabio y noble, afectuoso y generoso, estimarte a ti y estimar a los demás, ser creativo y renovarte constantemente, participar en el mundo con respeto y en profundidad, tener valor y confiar en ti, ser dichoso y hábil sin esfuerzos, ser fuerte y eficaz, disfrutar de la paz mental y estar presente en el desenvolvimiento del misterio de tu vida.
GRACIAS ELENA
FUENTE:
Fragmento del libro “La Sabiduría del Eneagrama” de DON RICHARD RISO & RUSS HUDSON, Pag. 32-34

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Sanando las emociones, sanamos el cuerpo. Mi tarea como Terapeuta Holístico es, mediante la observación previamente entrenada y por medio de una consulta, el descubrir y solucionar los conflictos y problemas que afectan al paciente, y llevarlos a un estado de armonía, equilibrio y salud. Es necesario tener en cuenta a la persona también con su entorno de vida, pues muchas enfermedades tienen los mismos síntomas, pero en cada persona puede haber de fondo otras causas. El escuchar atentamente cuando el paciente describe sus síntomas y la historia de su enfermedad es para mi lo más importante. As! se manifiestan claramente las circunstancias de la enfermedad que con frecuencia es el paciente mismo el que las establece y expresa. Al finalizar la prueba de diagnóstico establezco junto con el paciente el plan de terapia a utilizar. Por lo tanto con las técnicas holísticas se ayuda a sanar Cuerpo, Mente y Éter, considerando al ser humano como un individuo integral y no como un paciente, un enfermo o un numero de expediente más. De esta manera logramos evolucionar al ser hacia su verdad interna, el encuentro con nuestro verdadero ser.